domingo, 30 de diciembre de 2012

Prólogo.


23 de marzo de 1990.

Amanda Wylde se disponía a salir de su casa tras un largo viernes de trabajo y estudio. La carrera de psicología no se caracterizaba por ser suave, y menos en el quinto curso. Además, había que sumarle la cara matrícula de la universidad de Oxford, para lo cual necesitaba trabajar hasta la extenuación en uno de los muchos bares del centro de Londres.

Amanda era la típica universitaria inglesa. Medía alrededor de 1.60, y era demasiado guapa para su bien. Pelo rubio rizado, ojos verdes, labios rojos y carnosos... Lo que podría considerarse una beldad impresionante. Su cuerpo formaba una sola línea, curva y estilizada, que comenzaba en sus hombros y terminaba en sus finos tobillos. Por desgracia, tal físico había traído más problemas a Amanda que oportunidades con los hombres. Su vida sentimental había sido un compendio de chascos, fracasos y caídas inigualables. Tal vez esto fuera la causa de su carácter retraído y su mentalidad pesimista y fundamentalmente depresiva. Para ella, el mundo era un simple cúmulo de errores que ella tenía que afrontar, y eso es lo que hacía, día tras día, semana tras semana, y año tras año, perdiendo la esperanza de encontrar a alguien que la ayudase.

Amanda no sabía que la noche del 23 de marzo su vida iba a cambiar para siempre.

Había quedado con sus tres únicas amigas, Laura, Rachel y Jane. Laura era la mejor amiga de Amanda, siempre había estado ahí para ayudarla. No era tan agraciada físicamente como Amanda, pues su cuerpo no estaba tan esculpido, pero contrarrestaba esto con una gran vitalidad y una mentalidad positiva, cosa que a Amanda le chocaba, puesto que siempre tenía una sonrisa pintada en la boca, a pesar de lo mal que le fueran las cosas. Rachel era la hermana de Laura, una chica tímida, callada y reservada, bastante guapa, pero que nunca explotaba su físico por ir vestida siempre hasta el cuello. Y Jane... Jane era distinta. Muy distinta. Era danesa, de Copenhague, y completamente exhuberante. Tenía cuerpo para dejar atrás completamente a las otras tres, con unos ojos azules y un rubio platino deslumbrantes. Su carácter era... inquietante. Tan pronto podía obsesionarse con algo como no le importaba nada ni lo más mínimo.

Amanda salió de casa pronto, pero ya había anochecido y la lluvia perenne de Londres, siempre presente, había hecho acto de presencia. Amanda no tenía inconveniente con la lluvia, encajaba perfectamente con su carácter, y le encantaba dormirse escuchando el repiqueteo de las gotas contra la ventana de su habitación.


Llegó al pub en el que empezaban todos los viernes por la noche. Buena música, buen ambiente, y sus amigas. Lo mejor para relajarse tras una larga y ardua semana. A Amanda le gustaba especialmente un grupo reciente, Dire Straits. Los conoció en sus inicios en Londres, y le encantaron nada más oír la primera canción. Cuando entró en el pub, sonaba Sultans of Swing, aquella primera canción.

-Hola chicas- dijo Amanda sentándose en una butaca baja y dejando su abrigo en uno de los reposabrazos-. ¿Qué tal la semana?

-¡Hola!- contestó la siempre alegre Laura-. Bueno, digamos que ha ido bien,nada fuera de lo normal.

-A ti nunca te pasa nada malo, Laura. ¿Cómo lo haces?- preguntó Jane, burlándose de Laura.

-Simplemente pienso en positivo, cariño. Pruébalo, se llama sonreír, y viene de perlas.

Siempre había este tipo de problemas entre Laura y Jane. Laura era entusiasta, y a Jane casi nunca le importaba nada lo suficiente, pero las dos se querían muchísimo.

-Hola, Rachel- dijo Amanda en voz baja, mientras Laura y Jane seguían discutiendo.- ¿Qué tal?

-Muy bien, Amy. Mejor que de costumbre, debería decir- contestó Rachel, tratando de pasar desapercibida-.

-Oh, me alegra mucho escuchar eso. ¿Qué tal con Mike, seguís juntos?- preguntó Amanda interesándose por Rachel, intentando entablar conversación.

-Sí, de hecho estamos mejor que nunca. Creo que el tiempo que he pasado fuera de Londres le ha ayudado a reflexionar- dijo Rachel en un tono más alegre-. ¿Y tú, has conocido a alguien especial esta semana?

-No, para nada. Siempre es igual la misma gente, que viene y...- La voz de Amanda paró en seco cuando vio abrirse la puerta del pub y apareció un joven de unos 25 años, con el pelo moreno y los ojos azules, camisa y vaqueros negros. Se le quedó la boca abierta al verle. Rachel siguió la mirada de Amanda, encontrándose también con el joven, intentando reconocerle, pero sin caer en quién era.

-Amy, cariño, ¿miras algo?- preguntó Rachel, intentando incordiar a Amanda.

-Oh Rachel, cállate. Seguro que ese tío tiene chicas mucho mejores que yo detrás de él.

-Amanda Wylde, ¿tú te has visto? Parece que no te has mirado en un espejo desde tu adolescencia. Estás preciosa, como siempre- replicó Rachel, enfadada con Amanda-. Vé, preséntate, y dile que si quiere tomar algo contigo. Haz locuras, te lo ordeno.

-¿Estás loca, verdad Rachel? No iré ahí sólo porque es un chico guapo.

-No es solo un chico guapo. Has visto algo distinto, y lo sabes.

-Está bien, pero que sepas que lo hago sólo para dejar de oírte- dijo Amanda, totalmente fastidiada-.

Amanda se acercó al chico mientras este se concentraba en su bebida, sin advertir que la chica se acercaba. Sólo se dio cuenta cuando la tuvo a apenas unos pasos, con la boca abierta a punto de hablar, y roja de vergüenza. El chico alzó la mirada hacia los ojos de Amanda, y esta se encontró con una mirada penetrante, como si ella fuera simple cristal y él pudiera ver a través, percibiendo sus secretos, su forma de ser, sus miedos... todo con una simple mirada.

-Esto... Hola... Me llamo Amanda, ¿puedo sentarme?- dijo la chica dubitativa, mordiéndose el labio y retorciéndose las manos.

-Hmm... Claro, por supuesto. Soy Kennen. Kennen Gallant- contestó el hombre, impresionado por la supuesta valentía de Amanda.

-Encantada, Kennen. Espero no molestarte...- soltó Amanda tartamudeando.

-Oh, tranquila, no te preocupes. Mi plan era quedarme aquí toda la noche, bebiendo un poco y escuchando música... No es que sea muy agradable, pero no tengo nada más que hacer- dijo Kennen, aparentando seguridad en sí mismo-. Por lo menos aquí hay buena música, tienen a los Straits puestos.

-¿Te gusta Dire Straits?- preguntó Amanda, sorprendida y exaltada.

-¿Acaso hay alguien a quien no le gusten? Por cierto, menuda falta de respeto... No te he preguntado qué quieres tomar- dijo Kennen, interesándose más por aquella chica extraña.

La conversación se alargó durante horas. Laura y Jane se dieron cuenta de que Amanda se había ido, e hicieron ademán de ir a buscarla, pero Rachel las contuvo, dándole más tiempo a la chica para conocer a aquel y atractivo hombre de mirada pentetrante.

En ese periodo de tiempo, Amanda apenas averiguó algo sobre Kennen, excepto que le gustaba la música rock, que tocaba la guitarra, y que vivía en un pequeño apartamento a las afueras de Londres.
En cambio, Kenen sondeó a Amanda con preguntas de todo tipo. Su infancia en Liverpool, su paso por el instituto, sus novios en la adolescencia... Prácticamente todo.

Según Amanda contestaba todas estas preguntas de Kennen, se dio cuenta de una cosa. El chico estaba siendo atento con ella, pero fijándose en su interior, no en sus labios perfectos o en su atractiva figura. Parecía de esos hombres que miraban a través de una mujer, y no sólo a través de su ropa. Se dio cuenta de que estaba empezando a sentir algo así como 'amor a primera vista', aunque no confiara en esas cosas. No podía apartar la vista de sus ojos azules como el hielo, fríos y inhóspitos a la vez, pero que le daban la seguridad de encontrarse con alguien que de verdad merecía la pena.

Tras unas cuantas horas de conversación, salieron del pub, aún con la lluvia cayendo, esta vez más fuerte. Amanda se fue andando, y Kennen cogió las llaves de su coche del bolsillo de sus vaqueros.

-¿Por qué vas andando con esta lluvia y de noche? Londres es peligrosa para una dama preciosa como tú, Amanda- dijo Kennen, preocupado y divertido a la vez.

-Eres muy gracioso, ¿verdad? No tengo coche, así que tengo que ir andando hasta mi casa. Y es algo que ya he hecho muchas veces, así que no te preocupes tanto por una 'dama preciosa'- replicó Amanda al instante.

-Hmmm... ¿Sabes? Me voy a preocupar igual. Sube al coche... Y no te preocupes, soy totalmente inofensivo- soltó Kennen de pronto, con una mirada enigmática.

Amanda entró en el coche, agradeciendo en secreto que Kennen la llevase a casa. No es que le apeteciera demasiado andar casi dos kilómetros bajo la fría lluvia, y menos tan tarde. Además... quería pasar más tiempo con él. Amanda analizó ese sentimiento que no había tenido nunca por nadie, y descubrió sorprendida que le gustaba hablar con aquel extraño que ya sabía tantas cosas de ella.

Kennen arrancó el coche, y empezó a sonar 'Romeo and Juliet'.

-¿Has puesto la canción aposta, o vas a fingir que era un descuido?- preguntó Amanda, enarcando una ceja.

-Ha sido un descuido la mar de oportuno- contestó Kennen, sonriendo.

Kennen condujo hasta casa de Amanda, un piso en las afueras, aunque no estaba tan lejos del centro como el suyo.

Cuando llegaron, Kennen paró el motor del coche y la radio, dejando únicamente el sonido de la lluvia y la respiración de ambos.
-Quieres... ¿Quieres subir?- preguntó Amanda tartamudeando y con voz chillona.

-Escucha... no creo que sea lo mejor, nos acabamos de cono...- Tras decir esto, Kennen se quedó con la boca abierta al ver los ojos de Amanda expresar un sentimiento verdaderamente puro, y no pudo hacer otra cosa que besarla.

Para Amanda, fue un beso totalmente distinto a todos los que había dado antes. Un beso en el que verdaderamente había amor, amor por aquel chico que sólo conocía unas horas antes, y que era todo lo que ella buscaba. Alguien que se preocupara por como estaba, por lo que había vivido, por lo que necesitaba... Alguien perfecto para ella. Fue el beso perfecto, con alguien perfecto a quien dárselo.

Para Kennen, fue el primer beso. El primero que daba a alguien que había conseguido impresionarlo realmente. Tras tantos años por el mundo, tantas personas... Sentía que era con Amanda con quien quería compartir su vida. Sólo unas horas habían bastado para desencadenar ese sentimiento... pero a él no le hacían falta más. Sólo tendría un pequeño inconveniente... explicarle su don, pero eso es otra historia.

Se besaron durante un instante que pareció casi eterno. Amanda repitió la pregunta, casi sin aliento y totalmente roja. Kennen ni siquiera contestó, salió del coche, abrió la puerta del copiloto, y la llevó de la mano hasta la entrada del bloque, tapándola con su chaqueta de la fuerte lluvia.

Entraron en casa de Amanda besándose otra vez, de forma más primitiva y lujuriosa que la anterior. Sólo estaban ellos dos, y el tiempo, una larga noche por delante...

Amanda empujó a Kennen sobre la cama mientras le desabrochaba los botones de su camisa empapada. Se tumbó encima de él, acariciando su pecho modelado y desnudo, deteniéndose en los pectorales del chico mientras éste la besaba.

Kennen, a su vez, se peleaba con el enganche del sujetador de Amanda. No tenía mucha práctica en ello, pero finalmente lo consiguió a la vez que hundía su cabeza en el cuello de la chica, ocupado anteriormente por esa melena rubia hipnotizante.

Amanda dejó escapar un suave gemido de placer cuando los labios de Kennen alcanzaron su cuello, y clavó las uñas en la espalda del chico mientras se arqueaba y frotaba sus pechos con los pectorales del hombre, sintiendo despertar el deseo en su interior.

Kennen bajó las manos por toda la espalda de Amanda hasta llegar a su pantalón, desabrochando el botón y metiendo las manos por él, bajándoselo sin dejar de besar la suave piel blanca del cuello de su amante. Siguió desnudándola, hasta que Amanda se quedó solo con sus braguitas de encaje.

La chica tampoco perdió el tiempo. Le quitó en cuanto pudo el pantalón a Kennen, desvelando un cuerpo escultural, pero que parecía que no importaba. Sólo le importaba el sentimiento de cumplir algo tan bonito la demostración máxima de amor, el sexo.

Finalmente se quedaron los dos desnudos, admirándose el uno al otro con la mirada, sin palabras para describir lo que sentían.

Kennen penetró a Amanda suavemente, decidido a hacerla sentir un placer extremo, cercano al amor que sentía por ella desde hacía tan poco. La fue llevando lentamente hasta la cúspide de los sentimientos, el hecho de estar unida a alguien a quien de verdad quería.

Amanda expulsó todo el aire de sus pulmones de golpe y se puso frenética cuando notó que el placer empezaba a aumentar. Notaba el miembro de Kennen dentro de sí misma, golpeando contra su sexo y la humedad que este tenía. Kennen cada vez iba más rápido, arrancándole gemidos de placer a la chica con cada embestida.

Cuando las contracciones de la vagina de Amanda aumentaron, Kennen paró en seco y salió de ella, besando tiernamente sus pezones y metiéndoselos en la boca para morderlos con suavidad, dándole placer de otra forma.

Fue bajando con los labios por el torso de la chica, hasta llegar finalmente al centro de su sexo. Rozó el clítoris de Amanda con la lengua, provocando un ramalazo de placer casi inmediato en el interior de la chica al tiempo que sentía que los dedos de ésta se enredaban en su cabello y le instaban a seguir adelante, a seguir provocando más gritos y gemidos.

Kennen lamió sus labios, lenta y húmedamente, moviendo la lengua despacio y con seguridad, haciendo que Amanda se arqueara aún más y gritara cosas inininteligibles. Siguió masturbándola, penetrándola con los dedos mientras su lengua revoloteaba por las ingles de la chica. Amanda no podía hacer otra cosa que gritar y revolcarse de placer al notar el brutal orgasmo al que iba a llegar gracias a esos dedos magistrales que acariciaban su interior y esa lengua que rozaba los sitios más sensitivos de su sexo.

Antes de que llegara al orgasmo, Kennen la penetró otra vez, consciente de su propio deseo. Esta vez no fue lento, marcó un ritmo extenuante que expresara las necesidades de ambos. Estuvieron así poco tiempo, tan cerca como estaban los dos de alcanzar la liberación del orgasmo.

Amanda acabó primero, estallando completamente de placer, gritando como no había hecho nunca. Kennen sintió el repentino aumento de la humedad en la vagina de Amanda, y acabó el también para dejarla disfrutar de su placer a solas, acariciando su espalda, su vientre, y besando sus tiernos labios mientras ella disfrutaba de los últimos ataques de placer que sentía.

Cuando Amanda finalmente dejó de gritar, Kennen llevó la boca a su oído.

-Te quiero, Amanda- le susurró al oído mientras la estrechaba entre sus brazos.

-Yo también, Kennen Gallant. No sabes la ilusión que me hace haberte conocido...-contestó la chica, susurrando también, abandonándose al cansancio entre los brazos de aquel desconocido que la había hecho sentir tanto placer y al que ahora amaba más que a si misma.

-Gracias por existir. Me quedaré contigo hasta que no quieras, Amanda. Te lo juro por mi triste y corta vida, no estarás sola mientras yo viva-dijo Kennen justo antes de que la chica cerrara los ojos, expresando el sentimiento que le asaltaba desde hacía unas cuantas horas y que nunca antes había sentido por nadie.